viernes, 26 de noviembre de 2010

Las Leonas: La Historia (Capítulo 9)- El Nacimiento de Las Leonas




ID 642 * 1477


Leonas Plateadas (Archivo-Revista El Gráfico)

Lo único que tienen de raro es que no se resignan a tener excusas a mano, siempre listas, para justificar las derrotas: ellas tienen una vida común, tan llena de emoción como las nuestras.

Por Gonzalo Bonadeo
Jorgelina Rimoldi está a punto de ser radióloga. Bajita, siempre sonriente y a mitad de camino entre la timidez y la picardía, es una de las eternas de este equipo. Cecilia Rognoni va camino a ser licenciada en turismo y hotelería. Es la defensora con los ojos más verdes del torneo. Ni que hablar de su pegada y de su timing para cortar los ataques del rival. Mariela Antoniska sueña con terminar sus estudios de medicina. Cuando sale de la cancha suele vérsela tan seria y fuerte como dentro de ella. Y sólo entonces se le ve la cara, siempre cubierta por el protector detrás del cual esconde su talento bajo los tres palos. Mercedes Margalot asegura que, con un par de materias más, será odontóloga. Cuando saluda, no se presenta ni por el nombre ni por el apellido. Ella es simplemente Mechi. Además, ustedes la recuerdan por la cantidad de despejes que hizo en el cierre del angustioso partido con las chinas. Magdalena Aicega ya se recibió: es nutricionista y cuando sugiere hacer público su teléfono para potenciar su clientela sus compañeras aseguran que no será para eso que la llamarían los hombres. Es un poco la líder del equipo y, para muchos de los hinchas del hockey argentino -nuevos y viejos-, es la sexsymbol del deporte nacional. No espere de ellas historias de fantasía. Cada una con sus sueños, sus realidades, sus defectos y virtudes. Son 16 chicas comunes. Se las puede cruzar por la calle sin que le llamen demasiado la aten ción. Porque no andan en autos importados con vidrios polarizados. Ni se esconden de los flashes. Porque, por lo general, no les apuntan a ellas. Sus vidas son demasiado parecidas a las de millones de argentinos que sobreviven dentro de la tan sinuosa y castigada clase media. Con un piso generacional de 19 años (Soledad García, la cordobesita de la gambeta de Dios contra las chinas, ¿se acuerda?) y un techo de 29 (Karina Masotta, la capitana; la del tercer gol a Nueva Zelanda que nadie gritó, porque de tan espectacular no se vio por dónde entró la bocha en el arco), este conmovedor equipo argentino tiene por común de­nominador el de ser un grupo con matices similares al que formamos usted o yo en el barrio, en el club ó en el laburo. Lo único que tienen de raro es que no se resignan a tener excusas a mano, siempre listas, para justificar las derrotas: ellas tienen una vida común, tan llena de emociones, alegrías, tristezas y luchas como las nuestras. Y así, minutos después de perder la final del torneo, las 16 chicas se dedican a festejar una medalla que es un triunfo, más allá de la bronca que dio perder ese partido definitorio. Así son, entonces, cuando terminó el partido. Así son fuera de la cancha, claro. Dentro de ella, conforman el equipo más noble en la historia del deporte olímpico argentino. Ahí sí que son excepcionales, únicas. "Sabemos que jugamos por mucha gente. Nos cuentan que todo el mundo hablaba de los partidos por la calle, que no sólo nuestros amigos se despertaban y se juntaban a la madrugada para vernos jugar. Realmente, no se puede creer. Pero tampoco es fácil imaginar cuánto se bancaron nuestros viejos, hermanos, novios, amigos. No podemos dejar de pensar que, detrás de la medalla, hay una banda de gente que está tan feliz como nosotras". Detrás de la frase de Rognoni va el asentimiento de todas las demás. Y, precisamente lo dice Cecilia, quien vivió un calvario de un año antes de que le confirmaran que tendría una nueva chance de dejar volar su imaginación con forma de medalla. Ella fue la que el año pasado le pegó un bochazo a una referí inglesa en los Juegos Panamericanos de Winnipeg y la que se banco la suspensión de doce meses (no podía jugar ni tampoco entrenarse con el seleccionado) tachando en silencio cada página del almanaque mientras se entrenaba a un costado de la cancha en la que lo hacía el resto de sus compañeras. Porque tenía miedo de que la denunciaran en su propio país. Veía fantasmas. Los intuía. Y los esquivaba. Por eso, ella como ninguna, sabe de sufrimiento y de sacrificios. Y si bien es cierto que toda esa gente de la que hablaba las vio casi en fotos en los últimos meses, sólo la enorme generosidad de Rognoni le permite relativizar lo que hicieron. Como dice el profe Luis Barrionuevo, el preparador de este plantel, "no sabés lo fácil que fue trabajar con ellas. Jamás vi una banda tan decidida a lograr un objetivo" (...) El mejor golpe. La historia grande del hockey argentino no comenzó con ellas, es definitiva mente cierto, pero sí alcanzó con esta banda el punto de impacto más destacado. Por cuestiones generacionales y porgue para la mayoría de los medios el hockey fue, es y esperamos gue no siga siendo uno de los "deportes varios" ("deportes raros", para los picaros de café de nuestro ambiente) a los gue sólo de tanto en tanto se le regala un espacio destacado. Quedan pocas referencias de las pioneras de la gloria desde la humildad. Casi nada saben estas chicas gue exhiben orgullosas sus medallas en el cuello de Verónica y Adriana Alfonso, de Verónica Day, de Marcela Nazionale, de Adriana Rupar, de Graciela Mestripieri; en fin, de cada una de las primeras subcampeonas del mundo en los años 70. Apenas si aparecen referencias más firmes de las gue sufrieron el fracaso del Mundial de 1981, cuando en el Campo Argentino de Polo, en Palermo, las mujeres del hockey guedaron lejos de las medallas reservadas, como casi siempre, para alemanas, holandesas y australianas. Claro, gue no se les ocurra tocar a Claudia Medici, la número 10 de los 80 y la jefa de eguipo del 2000. "Estas chicas le han devuelto a mi deporte la frescura y el talento de los años 70. Potenciadas en lo físico, con lógicos cambios en lo táctico, pero con la misma mística de ir firmes y juntas para un mismo lado", dice Claudia y no para de agradecer a sus viejos, hermanos, sobrinos, sponsors y a la Secretaría de Deportes gue, en realidad, es hablar de Marcelo Garraffo, que mucho más gue funcionario es el deportista olímpico y panamericano por excelencia. Aungue no lo sepan, las Leonas ganaron la medalla olímpica también en nombre de las chicas de hace 25 años. Así es la vida en un deporte con un microclima gue rara vez se modifica. Cuna de mujeres en cientos de clubes de rugby de la Argentina, los partidos de los torneos locales casi nunca impactan por la concurrencia. Muchas veces, dentro de esos mismos clubes, cuesta demasiado tener un espacio para más de una cancha, un rinconcito para formar a las leoncitas en mañanas de sábado y escarcha o armar una reunión de comisión directiva gue apruebe una colecta para gue no sea un sueño torpe tener una cancha sintética. En horas en las gue el hockey argentino tiene un inocultable y merecidísimo brillo plateado para la opinión pública, hay un enorme deseo de que esta ola de entusiasmo y presencia masiva en los medios ayude para soñar el futuro. Faltan apenas segundos para que las veamos desfilar como invitadas de lujo por cuanto talkshow hay en la tele; para que empiece el tour de almuerzos, meriendas y cenas ante las cámaras; para que sean tapas en revistas con portadas generalmente reservadas para Susana Giménez, Graciela Altano, Nico Repetto o Marcelo Tinelli. Ya están cansadas, en realidad de ser famosas por un rato. La casilla de e-mails de Rognoni se saturó, inclusive antes de la final con Australia. El bombardeo mediático las acecha. Por eso, ojalá que esta exposición ayude a que sea menos costoso prolongar el ciclo olímpico. Si recordamos la poca presencia que tuvieron en los medios deportivos las conquistas y los podios mundiales en juveniles y mayores en los tres últimos años, poca expectativa hay de que quienes manejan la inversión local en el deporte reconozcan en ellas al equipo argentino por excelencia. Una apuesta de riesgo "Fue imposible compatibilizar estudio, trabajo y entrenamientos. Llegó un punto en el que corría el riesgo de hacer todo mal. Hubo que tomar una decisión y, luego de la promesa colectiva y con la correspondiente aceptación de la familia, le dimos para adelante. Mira si no valía la pena". Para Karina Masotta, que decidió dejar todo de lado cuando puso la mira en su objetivo, estos Juegos fueron demasiado fuertes. Ella fue la mejor jugadora del Mundial previo a los Juegos de Atlanta 96. Con esa chapa llegó a otro torneo y, en medio de esa presión, el impacto por quedar tan lejos del podio fue tremendo. Cuatro años más tarde, a par­tir de una muy delicada operación, estuvo a un pasito de quedarse fuera del torneo. Por eso tanto sentimiento en la charla. Por eso y porque no pudo retener las lágrimas ante cada recuerdo, especialmente girando alrede dor de su viejo. Es otra de las contracaras de las Leonas: lágrimas y nu do en la garganta para la dedicatoria; personalidad, imaginación y talento para jugar. Y Masotta jugó un torneo espectacular. Sin tanta sobrecarga de juego como en 1996, pero aportando una presencia fundamental, desbordando casi siempre por la derecha para definir o entregar la definición a Oneto, García o Aymar. Pasar un rato con nuestras Matildas del hockey (toda mujer destacada de la vida australiana merece el nombre de aquel personaje mítico en la historia de este país) es vivir un contrasentido. ¿Ustedes imaginarían introvertida ante las cámaras a la rosarina Luciana Aymar después de ver sus dribblings en la cancha? ¿Es posible que Soledad García, una cordobesa ahora tan famosa como La Mona o Rodrigo, se escape de un reportaje luego de ver la desfachatez con la que desparramó a seis chinas para marcar el mejor gol del torneo? Tal vez una de las pocas imágenes transpolables del juego a la vida cotidiana es la de la entrañable Vanina Oneto, la nueve que padeció el penal fallido hace cuatro años contra Holanda, y que se ve entradora y visceral en todo momento. Para Vanina decir que se guardaba goles para las finales fue una cábala con una inmensa carga de angustia. Es difícil que se banque a una goleadora que no hace goles. Por suerte, Cachito Vigil y su cuerpo técnico no se quedan en lo efectista y no podían ignorar el valor de una jugadora como ella. Tal vez quien lo mira por televisión o sentado cómodamente en una tribuna pueda no valorar el piropo que les dedicó Grondona hace cuatro años. El dirigente venía de ver uno de los pocos triunfos argentinos en Atlanta, acompañado como siempre por Eduardo Deluca, tío de la delantera María Paula Castelli, una de las integrantes del equipo por aquellos días. Hoy, sin el aparato que mueve cientos de millones por año, la predicción del capo de la AFA tiene una buena dosis de certeza. El elogio de entonces surgía de esa mística, de esa actitud, de ese coraje sin límite que no les guita coquetería. Pero que ni a palos les haría dudar en tirarse de cabeza y agujerearse las rodillas o los codos cuando un gol vale tanto más que piernas perfectas -que igual las tienen- o codos sin huellas. Hijas, hermanas, amigas, compañeras de estudio o de laburo, novias y futuras esposas en poco tiempo, las chicas del hockey son dueñas de mi mayor emoción en Sydney. Es probable -y es necesario también- que casi todas sigan con un sueño dorado para el 2004. Pero ya tienen en el bolso la reparación histórica de un esfuerzo único. Aun a esta hora no pueden creer que la gente se haya despertado a la madrugada para verlas jugar y se excitan ante la convocatoria telefónica de algún personaje famoso de nues­tra tele. Saben que hicieron algo grande, pero no tienen por qué saber qué representa esta conquista para quienes la vemos desde afuera. Es más, aseguran que la historia de las Leonas tiene que ver con el dibujo que Vigil permitió que agregaran al diseño de la camiseta. Las Leonas aparecieron heridas después de la imprevista derrota frente a España, en el cierre de la primera fase. A las chicas no les gustó que se metieran en el medio de su sueño más largo. Entonces, reaccionaron. Como Leonas. Tenemos la certeza, a esta altura, de que si el rugby, deporte hermano del hockey si los hay, tiene a sus Pumas, no hay dudas de que el hockey, de que el deporte argentino, tiene en ellas a las auténticas Leonas.

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